El circo criollo fue el primer espectáculo que logró articular una identidad escénica propia en el Río de la Plata, dejando atrás la imitación de modelos europeos y sentando las bases del futuro teatro argentino. Surgido a mediados del siglo XIX, combinaba funciones itinerantes en carpa con una estructura particular: una primera parte de destrezas circenses y una segunda de carácter dramático, donde comenzaban a aparecer figuras, relatos y conflictos vinculados al mundo rural y a la vida gauchesca. Su aporte decisivo radicó en incorporar personajes definidos, humor crítico, danzas folklóricas y escenas teatrales completas. El punto de inflexión llegó con los Hermanos Podestá, quienes transformaron el formato al introducir el sainete criollo y llevar a escena dramas como Juan Moreira, obra que marcó un antes y un después por su potencia narrativa y su impacto social. Aquellas representaciones acercaron el teatro a públicos de todo el territorio, integrando tradiciones populares, payadores y ritmos nacionales, y generando un fenómeno cultural que encendió la producción de autores, compañías y nuevos circos “de primera y segunda parte”. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, el circo criollo se expandió con compañías que recorrieron Argentina y Uruguay, convirtiéndose en la matriz de un teatro nacional que combinaba épica, comedia, música y costumbres locales. Su influencia permanece como el antecedente directo del teatro argentino moderno.
